
La gran novedad reside en la ambigüedad que se aprecia en el discurso de Piñera. Por una parte, el interesado halago a varias decenas de dirigentes concertacionistas, quienes fueron invitados a formar parte del nuevo gobierno, y que no aceptaron. Por la otra, la continuación de una crítica destemplada a los gobiernos de la Concertación, bajo los cargos de desidia, ineficiencia y hasta flojera funcionaria (contradiciendo todos los informes internacionales sobre la calidad del Estado chileno y de sus políticas públicas). Todo ello, cómo no recordarlo, en nombre de una extraña necesidad de gobierno de “unidad nacional”, cuya pertinencia es tan irreal como la posibilidad de que una nave chilena llegue antes que nadie a Marte.
Si finalmente fueron pocos quienes atravesaron el Rubicón (a decir verdad, tan sólo uno, Ravinet, quien adujo razones imaginarias sobre su nombramiento, referidas a las necesidades de consenso de una política de Estado en Defensa), ello se debe a que, pese a todo, las diferencias políticas entre fuerzas rivales existen. Y en buena hora. Precisamente porque las diferencias existen (más allá de constatar el acortamiento de las discrepancias, pero no su abolición) es que el nuevo Presidente se propuso diluirlas cultivando la ambigüedad.
En Francia, Sarkozy lo hizo, y con buenos resultados hasta ahora, sumiendo a la izquierda en una prolongada confusión. Sin embargo, el intento de Piñera ha sido una copia infiel del original, lo que debiese llevarnos a preguntarnos por qué. Una razón, entre varias otras, reside precisamente en las características del gabinete: los riesgos de confusión de intereses, así como los rasgos de “gente linda”, cuya distribución entre los chilenos es tan desigual como la de los ingresos, fueron barreras suficientes para sostener las diferencias. Algunos analistas, como por ejemplo un crítico de cine (Soto), un astrólogo (Melnick) y un economista aficionado a las novelas (Edwards), se han preguntado a quién le importa todo esto. Pues bien, a todos aquellos que no creyeron en la ambigüedad, que confían en las bondades democráticas de las diferencias y que experimentan la importancia de sus biografías políticas.
Ojalá que la autenticidad termine imponiéndose: aquella que ha sido defendida en algunas columnas de opinión por un rector de universidad (Benítez), por un abogado (Bunchweiser) y por un historiador (Rojas), apelando más al valor de las creencias propias que a convicciones que provienen de otros mundos.
Por Alfredo Joignant - Instituto de Políticas Públicas Expansiva UDP - Universidad Diego Portales – La Segunda.
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